MEA CULPA
Tomás de Iriarte no tuvo suerte. Nacido en el siglo XVIII, fue escritor, poeta y dramaturgo y tradujo, con poco éxito, el Arte poética de Horacio. En 1782 publicó una colección de fábulas literarias al estilo de las clásicas de Esopo. Se trataba de un género muy apreciado por los ilustrados, pues a través de sus moralejas podían educar al pueblo, convencidos como estaban de que la formación sería suficiente para erradicar el mal. Digo que no tuvo suerte Iriarte porque un año antes de sus fábulas, en 1781, se publicaron las de Samaniego, mucho más conocidas en la actualidad.
Uno de los cuentecillos que narra Tomás de Iriarte cuenta la historia de dos conejos que, huyendo de unos perros, se detienen a discutir, de manera inoportuna, la raza de los mismos (galgos o podencos) facilitando así su caza:
Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego...;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos.»
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos.»
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.
La moraleja del cuento está clara: En caso de grave peligro lo más desafortunado es discutir los detalles. No sabemos por qué incluyó este cuento el autor en sus fábulas, pero es posible que quisiera advertir a sus conciudadanos de un error muy propio de nuestra sociedad: la discusión banal, estéril, irracional e imprudente, que luego, más tarde, reflejaría Goya y que desangraría España en el siglo XIX y parte del XX.
Hace mucho tiempo (dos siglos) que España no sufre la amenaza de un enemigo exterior. Alguien podría decir que para qué queremos enemigos exteriores, si ya nos encargamos nosotros de despedazarnos entre nosotros. Hoy los españoles nos enfrentamos al terror islamista. Unos cuantos (muchos/ pocos) fanáticos de una versión radical e intransigente del Islam que pretenden acabar con todos los infieles e instaurar el califato mundial. Los terroristas tienen, al parecer, una especial querencia por España, alegando “vengar” la sangre de aquellos musulmanes que un día dominaron la piel de toro. Huelga decir que ni conocen la Historia, ni conocen que aquellos musulmanes (entre los que destacan los reyes murcianos Ibn Hud e Ibn Mardanis) solían pactar con los caciques cristianos y se enfrascaron, a su vez, en guerras internas precisamente contra el integrismo almohade que venía del Magreb.
Igual que aquellos musulmanes que, al mando de Tariq, entraron en la península en el 711, los actuales enemigos encuentran una España dividida, enfrascada en conflictos territoriales y de poder que anulan nuestra capacidad de respuesta ante la agresión exterior. Nos pillan en medio de un proces independentista y con unas competencias en materia de seguridad divididas entre cuerpos policiales y autoridades políticas enfrentadas.
Se trata además de un enemigo silencioso, que se ha introducido lentamente en nuestro país, al socaire de una inmigración incontrolada que en su mayoría rechaza esta violencia, pero en cuyo interior se cultiva cuidadosamente la semilla del odio y del rencor.
Y cuando la semilla florece y unos chavales ocupan un chalet y lo llenan de bombonas de butano, y montan un laboratorio de explosivos y alquilan dos furgonetas para volar la Sagrada Familia, y como son inexpertos, se les va de las manos y acaban matando a 15 personas en las Ramblas de Barcelona, el terror nos pilla discutiendo qué hemos hecho mal para que nos maten. Porque sin duda, la culpa es nuestra, no de los asesinos.
Hace 200 años, el británico Edward Gibbon aventuró que la caída del Imperio Romano provino del auge del Cristianismo, y aunque hoy día pocos siguen sus tesis, es posible que a la postre tenga razón, y el cristianismo sea la causa de la caída de occidente que sin duda nos sobrevendrá más pronto que tarde.
La sociedad occidental moderna es muy poco cristiana. La mayoría de la gente que puebla nuestras calles reniega de aquél Dios que se hizo hombre y murió por nuestros pecados. No hay más que ver las iglesias vacías para saberlo. Pero los valores, la ética y los principios del cristianismo impregnan nuestra sociedad hasta sus cimientos y hasta los más radicales ateos viven y comparten, sin saberlo, ideas cristianas. Los derechos humanos, la dignidad de la persona, la libertad, son principios depurados a partir de la teología cristiana. Y son precisamente lo que nos hace diferentes a ellos.
Pero en su grandeza, en su ética y en sus principios tiene occidente la semilla de su destrucción. Esta sociedad que no cree en sí misma, que se odia y se maldice, acabará rindiéndose ante el enemigo, no por la dignidad cristiana de amar a quien nos ataca y poner la otra mejilla, sino por la cobardía de no saber defender lo que nos hace diferentes.
Porque no hay más que darse una vuelta por las redes sociales tras el atentado de Barcelona y Cambrills para comprender que nosotros tenemos la culpa, por no haber sabido integrarlos, por haber vendido armas a no sé quién, por fabricar cuchillos en Albacete, por no enseñar el Corán en nuestros colegios, por sacar las Procesiones en Semana Santa y celebrar la Navidad, por comer carne de cerdo o vestir como nos de la gana. Por algo, tenemos la culpa. Nos matan porque nos lo merecemos y lo único justo que podemos hacer es pedirles perdón a los asesinos y ofrecerles nuestras nucas para que disparen.
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miércoles, 23 de agosto de 2017
domingo, 25 de junio de 2017
CÓMO ACABAR CON EL ISIS
En la actualidad hay cerca de 1.500 millones de musulmanes en el mundo. Con toda seguridad, el 99% de ellos son gente pacífica que sólo busca vivir en paz conforme a los postulados del Profeta Mahoma. Quizás sólo el 1% o menos pretendan destruir occidente, arrasar nuestras ciudades, decapitarnos y violar a nuestras hijas. Pero resulta que el 1% de los musulmanes son 15 millones de personas. 15 millones de fanáticos dispuestos a morir matando infieles para entrar en el paraíso.
Hablar hoy del ISIS (como ayer de Al Qaeda) es hablar de terrorismo islámico. Al margen de las peculiares formas de ejercer el terror (decapitaciones televisadas, crucifixiones, etc.) y de la incertidumbre sobre su origen, la historia tiene siempre un patrón común: grupos suníes (generalmente) empeñados en establecer el califato mundial y acabar con todo el que no se convierta a su religión.
La idea por otro lado no es nueva entre las religiones monoteístas. También el Cristianismo tuvo su época de guerra santa, cruzadas e inquisición, pero hace muchos siglos que nadie mata en nombre de Cristo lo que permite establecer –mal que les pese a algunos- una clara diferencia entre ambas religiones. Los judíos por su parte siempre han considerado un privilegio pertenecer al pueblo elegido de Dios por lo que nunca han manifestado ese carácter proselitista que comparten cristianismo e islam.
Hoy día, nos guste o no, el problema global es el terrorismo islamista, y aceptarlo es el primer paso para acabar con él. No es fácil. Hay muchos occidentales que se niegan a aceptar la formulación del problema, o que acuden a las causas remotas (descolonización, explotación del tercer mundo, “capitalismo salvaje”) para demostrar una especie de “complejo de culpa” que nos hace merecedores de lo que nos hagan. Siguiendo este razonamiento, los terroristas musulmanes nos matan por culpa nuestra, de occidente, de los USA, o de Aznar, en lugar de aceptar que alguien nos quiere matar y que el asesino nunca puede ser justificado por sus motivos.
Dentro de esta actitud suicida y claudicante de occidente, tiene un lugar relevante la izquierda que no duda en apoyar o comprender a los musulmanes más radicales mientras enarbola la bandera de la igualdad, la defensa de la mujer o los derechos de los homosexuales. Bandera que se cuida mucho de ocultar con las tiranías teocráticas que sostienen a los terroristas.
Frente a la amenaza terrorista nuestra policía y ejército luchan a brazo partido, desarticulando una vez tras otra a los incipientes comandos, colaborando con los servicios secretos occidentales y controlando cada movimiento de radicalización. Pero sabemos que esto, con ser indispensable, no es suficiente.
Los movimientos terroristas, por muy antisistema que sean, necesitan dinero, el cochino y sucio dinero occidental que les permite comprar armas y pagar asesinos y confidentes. Y ese dinero sale de nuestros bolsillos, principalmente a través del petróleo. En mi opinión, seguir dependiendo del petróleo, al margen de cuestiones medioambientales, es una grave irresponsabilidad. Nuestros gobiernos y nuestras empresas deberían apostar por otras fuentes de energía para no fortalecer la amenaza que se cierne sobre nosotros. Sin el dinero del petróleo sus redes de financiación serían mucho más complicadas y su capacidad de aterrorizarnos sería menor.
sábado, 19 de julio de 2014
DERECHO Y GUERRA
El ser humano es una especie extraña. Es capaz de grandes creaciones, de enormes obras de sensibilidad, solidaridad y bondad. Pero también es autor de las mayores atrocidades imaginables. No faltan ejemplos de una y otra cosa. El mismo animal que creó la Catedral de Estrasburgo, pintó la Venus del Espejo, escribió El Quijote o compuso la Pasión Según San Mateo, es el que asesina, viola y aterroriza a sus semejantes, del modo más cruel e inhumano.
La guerra es la mayor muestra de horror colectivo, el fracaso de todas las capacidades del ser humano, de su poder de negociación, persuasión y empatía. Es el triunfo del odio y del miedo. Sin embargo, viendo la Historia, da la impresión de que la guerra es consustancial al ser humano. Nos ha acompañado desde el origen de los tiempos y no parece que vaya a ser superada conforme avanza la humanidad.
A pesar de todo, nunca han faltado juristas que intenten regular o contener de algún modo la locura de la guerra. En el mundo antiguo los juristas romanos se esforzaron en determinar cuándo una guerra es justa, cuando procede su declaración y de qué modo debían acudir los romanos a las armas, si bien luego, una vez entrado en combate, los contendientes no tenían más límite que su propia voluntad. Algunos generales -como César- presumían de su magnanimidad y benevolencia, otros alardeaban de arrasar poblados, matar civiles y sojuzgar pueblos. En época moderna, sin embargo, el Derecho internacional busca regular, no sólo las condiciones en que se puede acudir a la guerra (monopolio exclusivo de la ONU, previa deliberación del Consejo de Seguridad) sino también los límites y normas que deben regir la actuación de los contendientes, considerando crímenes de guerra los actos bélicos que transgreden tales normas.
En concreto, los Acuerdos de Ginebra son las normas de Derecho Internacional encargadas de regular las reglas que deben observar las partes en conflicto. En ellos se establece que los combatientes deben estar uniformados, para distinguirse de la población civil, y que las instalaciones militares deben separarse de los núcleos civiles para evitar confusiones.
Hamás, como cualquier grupo terrorista, incumple deliberadamente estas reglas para tratar de obtener cierta ventaja en su declarada guerra contra Israel. Como parte del gobierno de Palestina, priva a su pueblo de refugios que los proteja de los bombardeos, camufla sus arsenales y lanzaderas en colegios y hospitales y utiliza a los niños como escudos humanos, mientras lanza indiscriminadamente sus misiles hacia Israel. En realidad su estrategia es provocar la muerte de civiles para conmover a un Occidente decadente que se horroriza ante la crueldad judía. Si alguien se pregunta por qué los cohetes palestinos apenas causan muertes civiles, la respuesta es simple: su gobierno adopta medidas (alarmas, refugios...) para proteger a su pueblo. Si Hamás actuara del mismo modo, probablemente las víctimas civiles apenas superarían la decena y nuestros telediarios no estarian llenos de horripilantes fotos de niños muertos. La reacción de Israel, por su parte, puede ser criticable, pero resulta hipócrita hacerlo sin tener en cuenta que esa reacción es precisamente la que Hamás busca, del mismo modo que el mendigo mutila a sus propios hijos para exhibirlos en la calle y provocar conmiseración.
Desgraciadamente el Derecho Internacional no ha encontrado aún una fórmula que permita imponer sus reglas a los estados, y la única manera de parar una guerra es invadiendo el territorio con una abrumadora fuerza de interposición que obligue a los contendientes a deponer las armas, detenga a los criminales de guerra y los someta a juicio. Sin embargo la estructura de la comunidad internacional, en la que los principales actores (EEUU, Rusia, China...) sólo buscan su propio interés, y la debilidad de las organizaciones supranacionales, hace inviable la solución del problema. La Unión Europea, a todo esto, ni está ni se le espera.
domingo, 13 de julio de 2014
ISRAEL vs. PALESTINA
Nuevamente salta a la primera página el triste enfrentamiento entre Israel y Palestina. No es un asunto nuevo, sin duda. En la Historia reciente, el conflicto se remonta a la fundación del estado de Israel, tras la descolonización inglesa y la creación de una entidad ficticia llamada “Palestina”.
El conflicto refleja las insuficiencias del Derecho Internacional: ambas partes incumplen de manera sistemática y recurrente las normas de la ONU sin que la comunidad internacional se decida a intervenir de manera decidida e imponer la paz. Israel apela al supremo derecho a defender a su gente para invadir los territorios musulmanes. Los terroristas de Hamás, por su parte, con la excusa de defender al pueblo oprimido, se camuflan entre la población civil, violando los acuerdos de Ginebra, provocando muerte y sufrimiento entre los civiles.
La dinámica de la guerra fría también tuvo su influencia en esta guerra, decantando a cada uno de los bloques por un contendiente. Aún hoy día –extinguida la Unión Soviética- los países contrarios a Estados Unidos se unen a favor de la causa palestina, y a la inversa.
Tan legítimo es defender la existencia pacífica del estado de Israel (creado por decisión de la ONU sobre territorios comprados por los judíos a sus poseedores) como la aspiración de los palestinos a tener su propio estado independiente. Por el contrario, no me parece en cambio, aceptable, el deseo de borrar de la faz de la tierra el estado judío y exterminar a todos los judíos que se lee en múltiples declaraciones de radicales propalestinos. Y desde luego lo que me resulta inadmisible, intelectual y moralmente, es que se presente el enfrentamiento como una lucha invertida de David contra Goliat, en la que los pobres inocentes palestinos se defienden con piedras y palos frente a un todopoderoso ejército israelí que, caprichoso, pretende destruir sus casas para anexionarse su territorio, olvidando que los terroristas se esconden entre la gente, usando sus colegios, mezquitas y hospitales como cuarteles y arsenales, para procurarse cierta impunidad mientras lanzan misiles contra la población israelí.
jueves, 10 de julio de 2014
Miguel Angel Blanco ¿Ni olvido, ni perdón?
Hoy, 10 de julio, se cumplen 17 años del secuestro de Miguel Angel Blanco, asesinado dos días más tarde. No es más que uno de los casi mil crímenes de la banda terrorista, y sin embargo, por alguna razón, marcó un punto de inflexión en la política española de la democracia.
Corría el año 1997, Aznar gobernaba desde un año antes con mayoría relativa. Para mantener la gobernabilidad, el PP -que accedía por primera vez al gobierno- tenía que pactar con PNV y CIU. Contra todo pronóstico (“Pujol, enano, habla castellano”, coreaba la gente en la calle Génova la noche electoral), Aznar se reveló como un gran negociador, reconociéndose aquél gobierno de 1996-2000 por su capacidad de concertación con todos los sectores políticos y sociales.
Los terroristas secuestraron a Miguel Angel Blanco, un joven concejal popular de 29 años, planteando un chantaje político: o el gobierno acercaba los presos de ETA a las cárceles vascas, o “ejecutarían” a Miguel Angel. El modus operandi no resultaba inédito en la estrategia etarra. Diez días antes (el 1 de julio) la Guardia Civil había liberado a José Antonio Ortega Lara, secuestrado 532 días antes, con idénticas reivindicaciones.
El desenlace del secuestro de Miguel Angel Blanco lo conocemos todos: El gobierno -con el apoyo unánime de la sociedad- se negó a aceptar el chantaje y los asesinos cumplieron su amenaza, ejecutando al joven dos días después.
Lo interesante, sin embargo, fue la reacción social ante el secuestro y asesinato, y la posterior deriva de los partidos políticos, diecisiete años después. Cuando se tuvo noticia del secuestro y de las condiciones establecidas, la gente se echó la calle. Quizás fue la juventud de la víctima, o quizás el envalentonamiento por el reciente éxito de la Guardia Civil, o quizás -como sugiere Pilar Urbano en su libro yo entré en el CESID- todo fue un montaje de los servicios secretos españoles, pero lo cierto es que la gente, también en el País Vasco, ocupó plazas y calles exigiendo a la banda la liberación de Miguel Angel Blanco. De todos es sabido que ETA es una organización mafiosa que vive del apoyo (entusiasta o temeroso) de los ciudadanos (y ciudadanas) vascos. Los pistoleros, los secuestradores, los extorsionadores y los amenazadores de ETA no durarían diez minutos en una sociedad que, sin miedo, rechazara y denunciara cualquiera de sus maniobras. En julio de 1997 eso estuvo a punto de ocurrir. La gente de los pueblos y ciudades de Euskadi estaba indignada con ETA, y le estaban perdiendo el miedo. El movimiento -llamado después “manos blancas” o espíritu de Ermua- corría el riesgo de volverse, como un gigantesco tsunami, contra ETA, su entorno y quienes -de un modo u otro- lo apoyaban. Surgieron los primeros hechos violentos contra colaboradores de ETA.
La reacción política no se hizo esperar. El PP y el PSOE se unieron en un frente constitucionalista que, por primera vez, sentía el respaldo popular en el País Vasco. El PNV, en cambio, vio peligrar su estrategia del árbol y las nueces, que consistía de forma simplificada, en no apoyar las tácticas ilegales de ETA pero aprovechar pacíficamente los frutos de sus acciones. Ante el clamor popular inesperado los nacionalistas vascos se encontraban en una disyuntiva: o se sumaban al carro del constitucionalismo, superando varios postulados fundacionales del PNV, o encontraban el modo de apagar el fuego pacifista (y, de rebote, antinacionalista) que invadía sus calles. Optaron por lo segundo asumiendo, desgraciadamente, el riesgo de dar con ello alas al terrorismo.
Con los años, el PNV arrastraría al PSOE -ya liderado por Zapatero- a su planteamiento de “comprensión” con la izquierda abertzale, dejando solo al PP de Aznar en la oposición férrea, radical y sin fisuras, contra ETA. Finalmente Rajoy acabaría transitando también ese camino, cumpliendo -con 17 años de retraso- las exigencias de ETA. Haciendo vano el sacrificio de Miguel Angel Blanco, de Ortega Lara y de los otros 1000 muertos por la libertad.
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