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martes, 6 de enero de 2015

LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO




Un debate clásico entre los historiadores, desde hace siglos, es la caída del Imperio Romano. Los expertos tratan de averiguar por qué una civilización que llegó a dominar todo el occidente conocido pudo deshacerse, dando paso a la oscura noche de la edad media. Desde la teoría de Gibbon, que ponía el acento en el ascenso del Cristianismo hasta las peregrinas teorías que ponen el acento en un envenenamiento de plomo o un cambio climático, muchos investigadores han aportado su propia explicación. Lo más probable es que el Imperio Romano se deshiciera simplemente por un agotamiento de la cultura romana. Los sistemas organizativos están en constante cambio, y el mismo impulso que los lleva al ascenso, los empuja a la decadencia. Quizás sería más correcto decir que la civilización romana no desapareció sino que evolucionó y se transformó hasta hacerse irreconocible. Hablar de la caída del Imperio Romano es poner tan sólo el acento en la estructura de poder imperial que efectivamente cayó, en su parte occidental, con la deposición de Rómulo Augústulo, en el 476 dC. Pero la cultura romana continuó su evolución (o degradación) hasta dar paso a la Edad Media.

Lo que sí resulta cierto es que en los últimos siglos del Imperio se constatan una serie de elementos de decadencia del modo de vida romano que favorecen, en distinto grado, su descomposición. La fuerte presión migratoria, la corrupción política, la elevada fiscalidad o el desinterés de los ciudadanos por la vida política son circunstancias que ayudaron a que el panorama político europeo cambiara a lo largo de los siglos IV y V, pasando el control a las tribus bárbaras. La única institución que, por cierto, mantuvo una cierta unidad política de Europa fue la ascendente Iglesia Católica, cuyas relaciones con el complejo y cambiante poder civil no resultaron siempre pacíficas, aunque en general los reyes bárbaros trataron de aceptar la religión de una población ya totalmente cristianizada.

Y es que, por encima de factores económicos, climáticos y externos, cuando una sociedad deja de creer en sí misma nada la puede salvar de la destrucción. En la caída de Roma se da, al mismo tiempo, una elevada presión de extranjeros que querían entrar en el Imperio y adoptar el roman way of life, junto con el hastío de los ciudadanos romanos que huían al campo, abandonando las ciudades y la vida social. Cuando los bárbaros quisieron hacerse con el poder no encontraron a nadie dispuesto a defender la romanidad.

Tampoco digo nada nuevo si comparo la situación de los últimos tiempos de Roma con la actualidad. También hoy día tenemos un occidente económicamente paralizado, socialmente convulso e ideológicamente derrotado. En la actualidad también el primer mundo tiene una gran presión migratoria. Millones de personas intentan entrar cada día a nuestras fronteras, donde esperan encontrar un medio de vida infinitamente superior a la de sus países. Pero al mismo tiempo, los acomodados occidentales han olvidado el privilegio que supone vivir en una sociedad democrática, donde los derechos humanos son valores aceptados y un ciudadano puede vivir de su trabajo sin temor a que saqueen su casa, violen a sus hijas o decapiten a su familia. Occidente tiene grandes problemas, terribles desigualdades e injusticias, pero olvidamos con frecuencia que es, probablemente, el mejor mundo de toda la historia de la humanidad, y que nuestra paz, seguridad e igualdad se asientan en una larga evolución de la cultura occidental, asentada en la filosofía clásica, el Derecho romano y el cristianismo.

Al igual que en el siglo V, occidente tiene el enemigo a las puertas. Un enemigo bárbaro y feroz que desconoce los valores de nuestra civilización, que no duda en decapitar o masacrar a quien no comparte su fe y que está dispuesto a arrasar nuestra cultura para imponer la suya. Y desgraciadamente la sociedad occidental padece los mismos males que la acomodada sociedad romana de entonces. Quizás tuviera razón Polibio cuando decía que es inevitable que las generaciones que no han luchado por conseguir ciertas cotas de comodidad, seguridad y derechos, porque los han recibido de sus antepasados, sean incapaces de valorarlas y defenderlas.

sábado, 19 de julio de 2014

DERECHO Y GUERRA




El ser humano es una especie extraña. Es capaz de grandes creaciones, de enormes obras de sensibilidad, solidaridad y bondad. Pero también es autor de las mayores atrocidades imaginables. No faltan ejemplos de una y otra cosa. El mismo animal que creó la Catedral de Estrasburgo, pintó la Venus del Espejo, escribió El Quijote o compuso la Pasión Según San Mateo, es el que asesina, viola y aterroriza a sus semejantes, del modo más cruel e inhumano.

La guerra es la mayor muestra de horror colectivo, el fracaso de todas las capacidades del ser humano, de su poder de negociación, persuasión y empatía. Es el triunfo del odio y del miedo. Sin embargo, viendo la Historia, da la impresión de que la guerra es consustancial al ser humano. Nos ha acompañado desde el origen de los tiempos y no parece que vaya a ser superada conforme avanza la humanidad.

A pesar de todo, nunca han faltado juristas que intenten regular o contener de algún modo la locura de la guerra. En el mundo antiguo los juristas romanos se esforzaron en determinar cuándo una guerra es justa, cuando procede su declaración y de qué modo debían acudir los romanos a las armas, si bien luego, una vez entrado en combate, los contendientes no tenían más límite que su propia voluntad. Algunos generales -como César- presumían de su magnanimidad y benevolencia, otros alardeaban de arrasar poblados, matar civiles y sojuzgar pueblos. En época moderna, sin embargo, el Derecho internacional busca regular, no sólo las condiciones en que se puede acudir a la guerra (monopolio exclusivo de la ONU, previa deliberación del Consejo de Seguridad) sino también los límites y normas que deben regir la actuación de los contendientes, considerando crímenes de guerra los actos bélicos que transgreden tales normas. 

En concreto, los Acuerdos de Ginebra son las normas de Derecho Internacional encargadas de regular las reglas que deben observar las partes en conflicto. En ellos se establece que los combatientes deben estar uniformados, para distinguirse de la población civil, y que las instalaciones militares deben separarse de los núcleos civiles para evitar confusiones. 

Hamás, como cualquier grupo terrorista, incumple deliberadamente estas reglas para tratar de obtener cierta ventaja en su declarada guerra contra Israel. Como parte del gobierno de Palestina, priva a su pueblo de refugios que los proteja de los bombardeos, camufla sus arsenales y lanzaderas en colegios y hospitales y utiliza a los niños como escudos humanos, mientras lanza indiscriminadamente sus misiles hacia Israel. En realidad su estrategia es provocar la muerte de civiles para conmover a un Occidente decadente que se horroriza ante la crueldad judía. Si alguien se pregunta por qué los cohetes palestinos apenas causan muertes civiles, la respuesta es simple: su gobierno adopta medidas (alarmas, refugios...) para proteger a su pueblo. Si Hamás actuara del mismo modo, probablemente las víctimas civiles apenas superarían la decena y nuestros telediarios no estarian llenos de horripilantes fotos de niños muertos. La reacción de Israel, por su parte, puede ser criticable, pero resulta hipócrita hacerlo sin tener en cuenta que esa reacción es precisamente la que Hamás busca, del mismo modo que el mendigo mutila a sus propios hijos para exhibirlos en la calle y provocar conmiseración.

Desgraciadamente el Derecho Internacional no ha encontrado aún una fórmula que permita imponer sus reglas a los estados, y la única manera de parar una guerra es invadiendo el territorio con una abrumadora fuerza de interposición que obligue a los contendientes a deponer las armas, detenga a los criminales de guerra y los someta a juicio. Sin embargo la estructura de la comunidad internacional, en la que los principales actores (EEUU, Rusia, China...) sólo buscan su propio interés,  y la debilidad de las organizaciones supranacionales, hace inviable la solución del problema. La Unión Europea, a todo esto, ni está ni se le espera.

sábado, 4 de mayo de 2013

Las gárgolas de la Facultad de Derecho de Murcia


Las gárgolas son la parte final del canalón por donde se vierte agua de los tejados. Su nombre deriva de la palabra francesa gargouille, que significa "garganta". Su uso procede de la antigüedad, aunque proliferaron especialmente en el gótico, donde adquirieron aspecto grotesco, quizás con la finalidad de aterrorizar a los pecadores.  



Según una leyenda francesa, a principios del siglo VII el dragón Gargouille, que vivía cerca del Sena, devastaba  periódicamente la región. Entonces, Romanus, un sacerdote cristiano, dominó a la bestia con la señal de la cruz y la llevó a Rouen. Allí, su cabeza fue colocada sobre el Ayuntamiento.

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En Murcia no es fácil encontrarlas, se esconden en algunos edificios, como la Catedral y el claustro de la Facultad de Derecho. Ésta última, situada en la calle Santo Cristo, junto a lo que fue la Puerta Nueva de la ciudad, se asienta sobre un antiguo convento mercedario del siglo XVI, junto a la iglesia del mismo nombre. 

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Las sucesivas reformas, especialmente la remodelación del edificio a principio del siglo XX por los Hermanos Maristas, respetaron el claustro originario, dotado de 24 gárgolas y escudos de la Orden. Según el pliego de condiciones, se exigió al arquitecto que la mitad de las gárgolas fueran cabezas de león y la otra mitad sierpes. Juzgad vosotros mismos ..