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sábado, 9 de agosto de 2014

OCCIDENTE Y LOS JUDIOS




El pueblo hebreo es, probablemente, y con permiso de los vascos (y las vascas), uno de las culturas vivas más antiguas del mundo. Probablemente su carácter de “pueblo elegido”, su orgullo como nación, les ha permitido sobrevivir a milenios de persecuciones, expulsiones y odios; incluidos –especialmente- los holocaustos nazi y soviético, que acabaron con millones de judíos. Ni siquiera la creación del estado judío por parte de la ONU les ha permitido vivir en paz; acosados, continuamente, desde hace más de 50 años, por las comunidades musulmanas que rodean Israel, cuyas naciones –por cierto- son tan artificiales e impostadas como el propio estado judío, pues fueron creadas al mismo tiempo por la ONU.

Hoy por hoy, Israel es la única democracia “occidental” en Oriente Medio. Un estado en el que se respeta la libertad de expresión, la libertad religiosa y la igualdad de género; rodeado de dictaduras teocráticas que ahorcan a los homosexuales, lapidan a las mujeres y atacan a los que no piensan como ellos. Lo natural sería que occidente apoyara sin vacilar a Israel, al menos en su aspiración de vivir en paz dentro de su territorio, especialmente la izquierda europea, que se presenta como vanguardia de los derechos humanos.



Sin embargo, la opinión pública europea se muestra mucho más proclive a apoyar a los “pobres palestinos” que luchan, con palos y piedras, contra un todopoderoso Israel que invade sus fronteras, arrasando sus poblados, y matando cruelmente a sus civiles. No cabe duda de que, por parte de los terroristas de Hamás se ha hecho una intensa campaña publicitaria para lograr instalar, en el imaginario colectivo, una imagen tan alejada de la realidad. Es de justicia reconocer el mérito que supone saber presentarse como víctima ante la opinión mundial cuando se llevan lanzados más de 3.000 misiles contra la población civil judía (algunos dirigidos a centrales nucleares), aprovechando que las medidas de protección judías han impedido una masacre entre su propio pueblo; acusando luego, con rotundo éxito, de asesino agresor genocida, al ejército que busca hacer cesar la lluvia de misiles. Las propias autoridades musulmanas de Egipto y de Al Fatah han mostrado públicamente su indignación por la actitud desleal de Hamás que destruye todos los intentos de mediación al conflicto, rompiendo todas las treguas establecidas hasta el momento.

Pero el éxito de la postura falaz de Hamás en la opinión pública occidental sólo tiene sentido si la población, tan alejada del conflicto, estuviera predispuesta a odiar a los judíos y todo lo que estos hagan. Evidentemente no toda crítica al estado de Israel tiene que estar guiada por el antisemitismo (al menos no conscientemente), pero algo debe de haber cuando la gente acepta, sin dudar, el mentiroso cliché que nos venden los terroristas palestinos que han jurado destruir al pueblo judío.





Repasando la historia de Israel, en los últimos 2.000 años, cuesta mucho no creer en la maldición bíblica que –según el Evangelio- cayó sobre el “pueblo elegido” por acabar con la vida de Jesús. Los emperadores Vespasiano y Tito cumplieron, sin saberlo, la profecía de Jesús: destruir el Templo y no dejar piedra sobre piedra. Durante cientos de años los cristianos han odiado a los judíos por razones religiosas. Pero el odio actual a los judíos difícilmente se puede explicar con estos argumentos. 

Hace unos días, Iñaki Ezquerra argumentaba en ABC que el nuevo antisemitismo español deriva de nuestro propio complejo antiespañol ante un estado que no duda en defender a sus civiles frente al ataque terrorista (y a mí me viene a la mente la reacción cobarde y mucha gente ante el atentado del 11-M, culpando a Aznar por colaborar con USA en la guerra de Irak, casi exculpando a los pobrecitos terroristas que se vieron obligados a poner la bombas).



No me parece una mala explicación, pero creo que hay algo más. Frente a la locura antisemita nazi, el escritor Joseph Roth escribió que "Combatiendo a los judíos se está persiguiendo a Cristo. Por una vez, no se mata a los judíos porque hayan crucificado a Cristo, sino porque lo han engendrado. Cuando se queman los libros de autores judíos, en realidad se está echando a la hoguera el libro de los libros: la Biblia.” No se trata ya, por tanto, de vengar en los judíos la Sangre de nuestro Redentor, sino de destruir todo lo que la tradición judía ha supuesto para la formación de occidente, incluido el Cristianismo, en un empeño, creo yo, de destruir la propia civilización occidental.

sábado, 19 de julio de 2014

DERECHO Y GUERRA




El ser humano es una especie extraña. Es capaz de grandes creaciones, de enormes obras de sensibilidad, solidaridad y bondad. Pero también es autor de las mayores atrocidades imaginables. No faltan ejemplos de una y otra cosa. El mismo animal que creó la Catedral de Estrasburgo, pintó la Venus del Espejo, escribió El Quijote o compuso la Pasión Según San Mateo, es el que asesina, viola y aterroriza a sus semejantes, del modo más cruel e inhumano.

La guerra es la mayor muestra de horror colectivo, el fracaso de todas las capacidades del ser humano, de su poder de negociación, persuasión y empatía. Es el triunfo del odio y del miedo. Sin embargo, viendo la Historia, da la impresión de que la guerra es consustancial al ser humano. Nos ha acompañado desde el origen de los tiempos y no parece que vaya a ser superada conforme avanza la humanidad.

A pesar de todo, nunca han faltado juristas que intenten regular o contener de algún modo la locura de la guerra. En el mundo antiguo los juristas romanos se esforzaron en determinar cuándo una guerra es justa, cuando procede su declaración y de qué modo debían acudir los romanos a las armas, si bien luego, una vez entrado en combate, los contendientes no tenían más límite que su propia voluntad. Algunos generales -como César- presumían de su magnanimidad y benevolencia, otros alardeaban de arrasar poblados, matar civiles y sojuzgar pueblos. En época moderna, sin embargo, el Derecho internacional busca regular, no sólo las condiciones en que se puede acudir a la guerra (monopolio exclusivo de la ONU, previa deliberación del Consejo de Seguridad) sino también los límites y normas que deben regir la actuación de los contendientes, considerando crímenes de guerra los actos bélicos que transgreden tales normas. 

En concreto, los Acuerdos de Ginebra son las normas de Derecho Internacional encargadas de regular las reglas que deben observar las partes en conflicto. En ellos se establece que los combatientes deben estar uniformados, para distinguirse de la población civil, y que las instalaciones militares deben separarse de los núcleos civiles para evitar confusiones. 

Hamás, como cualquier grupo terrorista, incumple deliberadamente estas reglas para tratar de obtener cierta ventaja en su declarada guerra contra Israel. Como parte del gobierno de Palestina, priva a su pueblo de refugios que los proteja de los bombardeos, camufla sus arsenales y lanzaderas en colegios y hospitales y utiliza a los niños como escudos humanos, mientras lanza indiscriminadamente sus misiles hacia Israel. En realidad su estrategia es provocar la muerte de civiles para conmover a un Occidente decadente que se horroriza ante la crueldad judía. Si alguien se pregunta por qué los cohetes palestinos apenas causan muertes civiles, la respuesta es simple: su gobierno adopta medidas (alarmas, refugios...) para proteger a su pueblo. Si Hamás actuara del mismo modo, probablemente las víctimas civiles apenas superarían la decena y nuestros telediarios no estarian llenos de horripilantes fotos de niños muertos. La reacción de Israel, por su parte, puede ser criticable, pero resulta hipócrita hacerlo sin tener en cuenta que esa reacción es precisamente la que Hamás busca, del mismo modo que el mendigo mutila a sus propios hijos para exhibirlos en la calle y provocar conmiseración.

Desgraciadamente el Derecho Internacional no ha encontrado aún una fórmula que permita imponer sus reglas a los estados, y la única manera de parar una guerra es invadiendo el territorio con una abrumadora fuerza de interposición que obligue a los contendientes a deponer las armas, detenga a los criminales de guerra y los someta a juicio. Sin embargo la estructura de la comunidad internacional, en la que los principales actores (EEUU, Rusia, China...) sólo buscan su propio interés,  y la debilidad de las organizaciones supranacionales, hace inviable la solución del problema. La Unión Europea, a todo esto, ni está ni se le espera.

domingo, 13 de julio de 2014

ISRAEL vs. PALESTINA

Nuevamente salta a la primera página el triste enfrentamiento entre Israel y Palestina. No es un asunto nuevo, sin duda. En la Historia reciente, el conflicto se remonta a la fundación del estado de Israel, tras la descolonización inglesa y la creación de una entidad ficticia llamada “Palestina”.
El conflicto refleja las insuficiencias del Derecho Internacional: ambas partes incumplen de manera sistemática y recurrente las normas de la ONU sin que la comunidad internacional se decida a intervenir de manera decidida e imponer la paz. Israel apela al supremo derecho a defender a su gente para invadir los territorios musulmanes. Los terroristas de Hamás, por su parte, con la excusa de defender al pueblo oprimido, se camuflan entre la población civil, violando los acuerdos de Ginebra, provocando muerte y sufrimiento entre los civiles.
La dinámica de la guerra fría también tuvo su influencia en esta guerra, decantando a cada uno de los bloques por un contendiente. Aún hoy día –extinguida la Unión Soviética-  los países contrarios a Estados Unidos se unen a favor de la causa palestina, y a la inversa.
Tan legítimo es defender la existencia pacífica del estado de Israel (creado por decisión de la ONU sobre territorios comprados por los judíos a sus poseedores) como la aspiración de los palestinos a tener su propio estado independiente. Por el contrario, no me parece en cambio, aceptable, el deseo de borrar de la faz de la tierra el estado judío y exterminar a todos los judíos que se lee en múltiples declaraciones de radicales propalestinos. Y desde luego lo que me resulta inadmisible, intelectual y moralmente, es que se presente el enfrentamiento como una lucha invertida de David contra Goliat, en la que los pobres inocentes palestinos se defienden con piedras y palos frente a un todopoderoso ejército israelí que, caprichoso, pretende destruir sus casas para anexionarse su territorio, olvidando que los terroristas se esconden entre la gente, usando sus colegios, mezquitas y hospitales como cuarteles y arsenales, para procurarse cierta impunidad mientras lanzan misiles contra la población  israelí.